¿En que pensaba Diego mientras caminaba por la
calle? ¿Pagar la universidad? ¿Ir a la fiesta que celebraría esta noche su
amigo Jaime? Aprovechando que se encontraba en el centro ¿había algo que olvidó
comprar? ¿Algún odioso trámite que realizar? ¿O recordar al maldito teléfono
público que le había tragado momentos antes la, al parecer, la única moneda
sobrante? Siempre había algo de lo que la gente se olvidaba hacer estando en el
centro, y es que el sólo hecho de estar ahí se puede convertir en un montaña
rusa de emociones y situaciones, desde la vieja de mierda que lo atendió mal en
el servicio de atención a clientes (que título más infame para el que tendría
que ser un lugar dónde tienen que resolver supuestamente los problemas de la
gente) pensó Diego, pero lejos de todo se le cruzaban este y otros pensamientos
mientras caminaba por el centro que en realidad prefería reprimir
desconectándose de aquel mundanal ruido, así es que se puso sus audífonos y se
puso a escuchar a la Britney mientras caminaba despreocupado lo que más podía
porque, entre otras cosas había que fijarse en respetar las señales del
semáforo, caminar como animales pegados unos con otros al matadero, comprarse
aunque sea un dulce en el kiosco de la esquina, o en caso de Diego hurgar entre
sus cosas y “hacer las monedas” para comprarse un “pucho” suelto, tratar
posteriormente e infructuosamente en buscar el condenado encendedor, no
encontrarlo y terminar mirando de un lado a otro para encontrar a alguien
fumando, pero adivinen qué, ni un puto hueón fumando en toda la calle, volver
entonces a buscar entre las cosas y después de un rato encontrar el casi vital
aparato entremedio de unos cuadernos y en el de química más encima.
Diego
caminaba tranquilamente entre piteada y piteada de su cancerígeno compañero,
vitrineando por aquí y por allá, seguía caminando despreocupado cuando tuvo que
parar a orillas de una calle concurrida, luz roja anunciaba el semáforo, y se
quedó mirando el cielo, los árboles, los pajaritos, cuando lo mejor de todo
ocurrió, sintió que en la calle de enfrente, esa misma que estaba más o menos a
un minuto de cruzar, un tipo lo miraba fijamente, Diego no es feo y es medio
canchero, pero a veces cuando está así de despreocupado como aquél día se
cohíbe como quinceañera si un tipo mayor que él se le queda mirando con cara de
caliente, Diego miró hacia otro lado haciéndose un poco el interesante, pero no
le resultó mucho porque sus ojos avellanados se desviaban a aquel hombre guapo
de cuarenta y tantos de mirada calentona, bien vestido y de camisa abierta tipo
Dockers que dejaba al descubierto parte de un sensual y velludo tórax, pero
como Diego es medio picaflor se atrevió a mirar más de lo debido y su mirada se
quedó perpetua en el tremendo paquete de aquel marcado desconocido, pero un
ruido raro lo despertó de su repentina ganas de comer carne, miró el semáforo,
luz amarilla…5…4…3…2…1, verde. La manada que va y la otra que viene se
desordenan en un menjunje de gente, colores, olores, y ¿Por qué no? También tamaños
se mezclan entre sí, y desde ahí aquel hombre se las arreglaba para poder pasar
lo más cerca posible de nuestro juvenil Diego, y todo ocurrió en tan sólo cosa
de segundos, hasta que se rozaron los hombros justo al encontrarse en medio de
la calle, sin despegarse la mirada, Diego pensaba: “hola, hombre guapo de
mirada calentona, ¿Cómo te llamas?”, “Alejandro” (respondía el muy calentón con
voz profunda y varonil), “quieres ir a tomar un cafecito” (invitó coqueto
Diego, y eso que el muy barsa le quedaban las chauchas justas para tomar el
colectivo), “no, gracias, sólo quiero saber si quieres que follemos” (dijo la
piedra de curanto que era ese tal Alejandro), “mmm....., que tentadora oferta”
(dijo nuestro ahora solicitado Diego), “follar con un perfecto desconocido, y
de mirada calentona”… ¿y que piensas hacer Diego?, tú que olvidaste una vez más
a qué ibas al centro, tú que olvidaste que aún tenías el pucho apagado entre
tus dedos, y cuál picaflor tú que nunca
llegaste a cruzar del todo la calle.
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