sábado, 27 de septiembre de 2014

Miradas (o crónicas de erotismo urbano)



¿En que pensaba Diego mientras caminaba por la calle? ¿Pagar la universidad? ¿Ir a la fiesta que celebraría esta noche su amigo Jaime? Aprovechando que se encontraba en el centro ¿había algo que olvidó comprar? ¿Algún odioso trámite que realizar? ¿O recordar al maldito teléfono público que le había tragado momentos antes la, al parecer, la única moneda sobrante? Siempre había algo de lo que la gente se olvidaba hacer estando en el centro, y es que el sólo hecho de estar ahí se puede convertir en un montaña rusa de emociones y situaciones, desde la vieja de mierda que lo atendió mal en el servicio de atención a clientes (que título más infame para el que tendría que ser un lugar dónde tienen que resolver supuestamente los problemas de la gente) pensó Diego, pero lejos de todo se le cruzaban este y otros pensamientos mientras caminaba por el centro que en realidad prefería reprimir desconectándose de aquel mundanal ruido, así es que se puso sus audífonos y se puso a escuchar a la Britney mientras caminaba despreocupado lo que más podía porque, entre otras cosas había que fijarse en respetar las señales del semáforo, caminar como animales pegados unos con otros al matadero, comprarse aunque sea un dulce en el kiosco de la esquina, o en caso de Diego hurgar entre sus cosas y “hacer las monedas” para comprarse un “pucho” suelto, tratar posteriormente e infructuosamente en buscar el condenado encendedor, no encontrarlo y terminar mirando de un lado a otro para encontrar a alguien fumando, pero adivinen qué, ni un puto hueón fumando en toda la calle, volver entonces a buscar entre las cosas y después de un rato encontrar el casi vital aparato entremedio de unos cuadernos y en el de química más encima.
    Diego caminaba tranquilamente entre piteada y piteada de su cancerígeno compañero, vitrineando por aquí y por allá, seguía caminando despreocupado cuando tuvo que parar a orillas de una calle concurrida, luz roja anunciaba el semáforo, y se quedó mirando el cielo, los árboles, los pajaritos, cuando lo mejor de todo ocurrió, sintió que en la calle de enfrente, esa misma que estaba más o menos a un minuto de cruzar, un tipo lo miraba fijamente, Diego no es feo y es medio canchero, pero a veces cuando está así de despreocupado como aquél día se cohíbe como quinceañera si un tipo mayor que él se le queda mirando con cara de caliente, Diego miró hacia otro lado haciéndose un poco el interesante, pero no le resultó mucho porque sus ojos avellanados se desviaban a aquel hombre guapo de cuarenta y tantos de mirada calentona, bien vestido y de camisa abierta tipo Dockers que dejaba al descubierto parte de un sensual y velludo tórax, pero como Diego es medio picaflor se atrevió a mirar más de lo debido y su mirada se quedó perpetua en el tremendo paquete de aquel marcado desconocido, pero un ruido raro lo despertó de su repentina ganas de comer carne, miró el semáforo, luz amarilla…5…4…3…2…1, verde. La manada que va y la otra que viene se desordenan en un menjunje de gente, colores, olores, y ¿Por qué no? También tamaños se mezclan entre sí, y desde ahí aquel hombre se las arreglaba para poder pasar lo más cerca posible de nuestro juvenil Diego, y todo ocurrió en tan sólo cosa de segundos, hasta que se rozaron los hombros justo al encontrarse en medio de la calle, sin despegarse la mirada, Diego pensaba: “hola, hombre guapo de mirada calentona, ¿Cómo te llamas?”, “Alejandro” (respondía el muy calentón con voz profunda y varonil), “quieres ir a tomar un cafecito” (invitó coqueto Diego, y eso que el muy barsa le quedaban las chauchas justas para tomar el colectivo), “no, gracias, sólo quiero saber si quieres que follemos” (dijo la piedra de curanto que era ese tal Alejandro), “mmm....., que tentadora oferta” (dijo nuestro ahora solicitado Diego), “follar con un perfecto desconocido, y de mirada calentona”… ¿y que piensas hacer Diego?, tú que olvidaste una vez más a qué ibas al centro, tú que olvidaste que aún tenías el pucho apagado entre tus dedos, y  cuál picaflor tú que nunca llegaste a cruzar del todo la calle.

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